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Los que escaparon de Venezuela resisten en un cuarto de Queens

En Nueva York han llegado a parar miles de migrantes que Texas no quería en su territorio. Recluidos en albergues pagados por el Estado, ahora se enfrentan al dilema de los refugiados: quieren trabajar pero necesitan permiso, para conseguir un permiso necesitan ganar un proceso legal de asilo, para costear el proceso necesitan dinero y para obtener dinero necesitan trabajar. Mientras esperan, el aislamiento, los abusos y la desesperación comienzan a hacer mella en los más fatigados por la travesía. Otros,como pueden, resisten en solitario.

Texto y fotos: Nelson Rauda Zablah

El barrio de Jamaica, en Queens, no es la Nueva York de los rascacielos y las películas. Sede del aeropuerto John F. Kennedy, sus calles y conexiones son una necesidad para los viajeros que abordan con sus maletas el tren E que enlaza con el Airtrain, el metro aéreo que recibe y despide a los pasajeros por ocho dólares el viaje. Aunque el crimen se ha reducido, la reputación de Jamaica se mantiene gracias a historias en tabloides sobre desconocidos que empujan a sus víctimas hacia los rieles o les disparan en el subterráneo. Algunas guías turísticas todavía recomiendan evitar los trenes de la zona a los que llegan de madrugada a la gran manzana. Ángelo Jiménez llegó hace ocho meses a la ciudad y ya se acostumbró en Jamaica al que, por ahora, llama su ‘hogar’.

Portuguesa, Venezuela, 26 años, Ángelo es un refugiado venezolano. Moreno, espigado y de risa fácil, tiene manos de pelotero. Cuando se deja crecer la barba, un pequeño candado le avejenta el rostro, que es alargado e infantil.

Entró a Estados Unidos por la frontera sur, por Texas, como la mayoría de los casi 200,000 venezolanos que ingresaron a un ritmo sin precedentes entre octubre de 2021 y septiembre de 2022, según la Patrulla Fronteriza. En 1998, los Tigres del Norte inmortalizaron la historia del migrante centroamericano llamándole “tres veces mojado”, porque cruzan tres fronteras antes de llegar a Estados Unidos. La historia de los venezolanos como Ángelo merece una reedición a “ocho veces mojados”, porque su travesía incluye, además de toda Centroamérica y los desiertos mexicanos, la inhóspita selva conocida como el tapón del Darién, entre Colombia y Panamá. 

Ángelo recorrió 7,600 kilómetros entre Portuguesa y la última parada del tren E, en el centro de Jamaica, donde todos los días lo recibe la avenida Archer y, a un costado del camino, los rostros flotantes pintados en un mural de Biggie Smalls, Tupac Shakur y Jam Master Jay, íconos del hip hop de la costa este de Estados Unidos. 

El estadio de los Yankees es el pináculo del éxito para migrantes venezolanos, que imaginan una vida de fama y reconocimiento como el de los peloteros que son aplaudidos en el diamante. «Parecemos el Chavo en Acapulco», dijo Angelo Jiménez, al fotografiarse el 24 de septiembre de 2022. Foto: Nelson Rauda

La nueva morada de Ángelo está escondida en una amplia zona industrial en la que también cabe el campus de York de la universidad CUNY, un cementerio, una oficina de la Administración Federal de Alimentos (FDA), bodegas y una oficina de plomeros. Pero lo que domina el paisaje son chatarreras, ventas de partes de automóviles y talleres mecánicos. Cuando llueve, los charcos adquieren el color arcoiris que produce la mezcla del agua con aceite.

En una esquina de ese ecosistema, hay un hotel de seis pisos que lleva meses cerrado al público. El gobierno de la ciudad de Nueva York ha rentado todos los cuartos para que refugiados como Ángelo vivan, dos en cada cuarto, mientras esperan su cita en una corte de asilos.

Antes de cruzar la puerta del lobby, me detuve frente a dos hojas de papel que, en la puerta de vidrio, anuncian en letras grandes que están prohibidas las visitas. En el lobby, un empleado me dijo amablemente que no podía esperar ahí y le sugirió a Ángelo cobrarme por la entrevista, antes de soltar una carcajada.

A un costado del escritorio de recepción, un guardia de seguridad privado estaba sentado junto a un detector de metales. Ángelo rió cuando le expliqué el chiste y dijo que el detector de metales es una adición reciente: en una gresca entre un nicaragüense y un ecuatoriano, alguien sacó un cuchillo. Ambos fueron expulsados.

La travesía del Darién para muchos ha terminado en un cuarto de hotel, en un barrio de paso, en una ciudad donde no conocen a nadie, mientras buscan trabajo sin permiso, a un pleito de terminar en la calle y en la incertidumbre. 

Dejamos atrás el hotel y caminamos hacia una cafetería ubicada a dos cuadras, bajo las pringas de una de las últimas lluvias del invierno.

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La migración ha sido una constante durante los últimos 25 años de Venezuela. Pero “la migración de venezolanos a Estados Unidos por vía terrestre es un hito, nunca había pasado”, me dijo Luz Mely Reyes, directora de Efecto Cocuyo, un medio de investigación venezolano. Reyes dice que el porqué sigue siendo una pregunta abierta, ya que no sigue el patrón tradicional de migrantes que llegan donde sus parientes como punto de partida. Muchos, como Ángelo, no conocían a nadie en ningún estado al que llegaron a refugiarse. “Lo que se va corriendo de boca en boca es que la gente empezó a trabajar casi inmediatamente”, dice Reyes. “La desinformación también influye, [pues] la gente tiende a creer que hay un TPS” u otro tipo de permisos de trabajo para venezolanos, agrega.

El plan de Ángelo no era tan complejo: llegar a Estados Unidos y trabajar. “[En Venezuela] el dinero nunca alcanza para nada, pero cuando empiece a trabajar, no sabes lo feliz que voy a ser de enviarle a mi familia 100 dólares cada semana”, me dijo el día que lo conocí, en septiembre de 2022. Ángelo pronuncia palabras y oraciones rápidas, en una mezcla de jerga y falta de silencios que a veces complica entenderle, hasta para un hispanohablante.

En el revuelo de su llegada a Texas, Ángelo terminó en medio de un pleito partidario y de una política xenófoba que le permitió un viaje de 3000 kilómetros entre Texas y Nueva York.

En abril de 2022, el gobernador de Texas, Greg Abbott (republicano) ordenó enviar migrantes en buses a estados gobernados por demócratas como Washington D.C., Chicago y Nueva York. Las estadísticas sobre detenciones de la Patrulla Fronteriza se desplomaron por la pandemia de Covid-19, pero se recuperaron desde mediados de 2021, con una diferencia demográfica: los venezolanos estaban superando en número a los centroamericanos, asiduos visitantes de esa frontera que Abbot piensa que no está suficientemente custodiada. Sus buses eran una “protesta” —y los migrantes, su utilería — ante lo que consideraba una política de puertas abiertas del gobierno de Joe Biden. 

Alejandro Pérez, un venezolano de 19 años, durante un viaje en el tren B, en septiembre de 2022. Pérez nunca había salido de su país antes de migrar a través de la selva del Darién. Foto: Nelson Rauda.

Abbott envió más de 13,000 migrantes en buses. Otras organizaciones humanitarias e iglesias ofrecieron ayuda a otros como Ángelo, que en vez de bus, recibió un pasaje de avión. Dijo que había pedido asilo y terminó en una ciudad en donde hay una particularidad: el gobierno de Nueva York aplica un precedente judicial de 1979, en un caso sobre indigentes, para conceder a los solicitantes de asilo el derecho a refugio y comida. Es el único estado del país donde ocurre eso. “Abbott gastó millones de dólares para mandar personas a un lugar donde no necesariamente querían ir. Cuando los refugios colapsen y los neoyorquinos tengan que responder, él puede anotar sus puntos políticos”, me explicó Nara Milanich, una profesora de historia de Latinoamérica en Barnard College.

Así es como Ángelo vive en el hotel y recibe tres tiempos de comida diarios, sin que le cobren. Nadie sabe cuánto tiempo más podrán quedarse los migrantes en los hoteles, pero en promedio se quedan un año y medio, según el medio local The Gothamist

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El 24 de septiembre de 2022, una mujer originaria de Mérida, Venezuela, estaba parada con su hija de tres años afuera de la iglesia de la Ascención, en el exclusivo Upper West Side de Manhattan. “Wow, mamá, un castillo”, dijo la niña al ver la construcción de estilo neorrománico, finalizada en 1897.

Conocí a Ángelo en el sótano de la iglesia ese día. Los feligreses se organizaron para reunir ropa usada y brindar platos de comida a los recién llegados, muchos venezolanos, pero también haitianos, nicaragüenses, dominicanos, gente escapando de casi todas las crisis políticas del continente. Los voluntarios sirvieron un almuerzo de pollo con salsa, arroz y ensalada fresca en la iglesia. La voz se corrió en grupos de Whatsapp de refugiados.

En el almuerzo nos juntamos con otros dos venezolanos: Alejandro Pérez, de 19 años, y José Ramírez, de 52. Alejandro y José comían bollos de pan y bebían cuartos de leche como aperitivo mientras discutían lo que dejaron atrás. José había pasado los últimos cuatro años en Perú trabajando en construcción, pero migró para reunirse con su hijo en Nueva York, también motivado por un descenso en la actividad económica. Alejandro, más tímido, asentía con la cabeza a los comentarios de sus compañeros. Ni él ni Ángelo habían salido de Venezuela. 

Ángelo se puso a hacer cuentas. “Venezuela es como Cuba: un kilo de harina cuesta dos dólares pero no ganas más de diez dólares al mes”, dijo. El contraste con el Upper West Side no podría ser más grande. 

Afuera de la iglesia, un equipo de televisión filmaba una escena para la serie “After Forever”. La serie de Amazon Prime es un drama sobre un hombre gay que lidia con el duelo por la muerte de su esposo. Los refugiados que entraban y salían del sótano de la iglesia interrumpían al nutrido crew y a un productor desesperado. Ángelo se sintió en Hollywood, sacó su celular y empezó a hacerse videos y selfies. Luego agarró el mío y se filmó por 94 segundos: primero se arregló el pelo hacia la derecha. “Aquí estamos, filmando una película”, dijo. Luego grabó desde la calle toda la acción, en otra toma interrumpida por una voluntaria que sacó una bandeja con comida del sótano. Al percatarse, Ángelo gritó “Fuck” y se regresó con una risa nerviosa: “parcero, ¿qué fue lo que dije?”, me preguntó.

Tras el percance, me pidió que le tomara algunas fotos, con el ‘castillo’ de fondo. Mientras almorzábamos, los tres dijeron que querían conocer el estadio de los Yankees, pero ninguno tenía idea de cómo navegar el intrincado sistema de metro. Así que me ofrecí de guía turístico. 

Iba a pagarles la entrada, pero en lo que me di la vuelta para comprar las metrocards, ellos ya habían entrado por una puerta lateral. “Bienvenido a ser venezolano”, dijo Ángelo, con una sonrisa malandra de oreja a oreja y la satisfacción de participar en esta tradición tan local de burlar el pago del metro. 

Los Yankees hicieron historia el 7 de septiembre de 2022 al empezar su partido ante los Twins con una novena en la que cuatro jugadores eran venezolanos. El diamante es quizá el único lugar de Estados Unidos donde la migración venezolana no es vista como un problema. Foto: Nelson Rauda.

El béisbol es el deporte rey de Venezuela. En un país de seis millones de migrantes, los que juegan béisbol en las Grandes Ligas son el pináculo del triunfo expatriado: irse para ser Miguel Cabrera –más de 3,000 hits y futuro miembro del Salón de la Fama— es el mejor norte posible. Pese a lo que significaba la palabra yankee en boca de Hugo Chávez, el estadio tiene un atractivo inapelable con su aura dorada y sus grandes ventanales, un templo de 46,000 asientos para el equipo más ganador de las Series Mundiales. Es riquezas, fama, victoria, la promesa de Frank Sinatra de que, si lo logras en Nueva York, lo puedes lograr en cualquier lado.  Ellos sacaron los teléfonos e hicieron videos para mandarle a sus familias. “Parecemos El Chavo (del Ocho) en Acapulco”, dijo Ángelo.

Los Yankees estaban jugando contra los Red Sox aquel día. Ángelo echó un vistazo a algunas entradas de la puerta 6 para saber si podía entrar al estadio así como entró al metro. Pero el estadio está mejor custodiado y un guardia le dijo que no podía entrar sin boleto. Entonces, me volvió a pedir que le tomara fotos. Posó con un aficionado barbado que sostenía un hot dog, y luego con dos fans disfrazados con uniforme de los Yankees, cadenas de raperos y un estéreo de cartón. Luego vio a una atractiva presentadora de televisión rubia, en pantalón blanco, tacones y gorra de béisbol. Me preguntó si podía preguntarle, en inglés, si se tomaba una foto con él, a lo que me negué con una risa nerviosa. Jiménez se rió de nuevo con esa sonrisa malandra del metro. 

Tres semanas antes de aquella visita, los Yankees marcaron un hito al alinear a cuatro venezolanos en el mismo juego. Gleyber Torres, segunda base, tiene la misma edad de Ángelo y firmó un contrato de 10 millones de dólares por un año en enero de 2023. En el diamante, nadie se queja de la llegada de venezolanos, pero afuera es distinto. Migrantes como Ángelo siguen buscando una rendija por donde entrar, sin permiso, al ‘American Dream’.

Tras las fotos, sin posibilidades de entrar, nos devolvimos al metro. Ángelo me dijo que, cuando consiguiera trabajo, regresaremos al Bronx para ver jugar  a los Yankees. 

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Tres meses después de nuestro primer encuentro perdí contacto con Alejandro, el más joven del grupo. En diciembre, José me dijo que se fue a Canadá, donde unas 40,000 personas solicitaron refugio tras cruzar la frontera en 2022. Allá se reunió con unos familiares. El único que sigue en Nueva York es Ángelo, en su cuarto de hotel en Jamaica.

Lo encuentro listo para la primavera excepto por un abrigo verde: lleva zapatillas de colores, una camisa hawaiana, un short de mezclilla, lentes de sol rojos, las uñas cortas y el pelo engominado peinado hacia atrás. Dice que su compañero de cuarto mantiene la temperatura demasiado caliente y que aprovecha para sentir frío cuando sale. Ahora comienza a soltarse con el inglés. En septiembre sabía dos o tres palabras —la mayoría con alguna conjugación de ‘fuck’— y ahora ha agregado algunas más que ha aprendido por fonética: “hello, how are you? Fine”.

En Jamaica llegamos a una cafetería en la que, al fondo, transmitían el Clásico Mundial de Béisbol. Ángelo ya está ubicado en la ciudad y ahora hasta ofrece instrucciones detalladas para tomar la mejor ruta en tren hasta el hotel. Me preguntó si venía de Manhattan y me dijo que me subiera en el tren E con dirección a Queens y me bajara en la última parada. Ya no se salta los trenes, porque un policía lo vio una vez y le pusieron una multa de 125 dólares. “Quedé curado”, me dijo, risueño.

Entre bocados de un plato de chicharrón con arroz, Ángelo aceptó que le preguntara cualquier cosa. Por una parte se siente afortunado. Cuando nos reunimos, faltaba un mes para su primera cita en la corte, el 12 de abril. Es inusual porque el sistema está saturado. Las cortes estadounidenses lidian con una mora judicial de ocho millones de casos, según cifras del Servicio de Inmigración (USCIS). Eso implica que una resolución tarda años, no meses. En el hotel, alguien me dijo que le habían puesto cita para 2029. Por otra parte, la urgencia significa que necesita un abogado. Antes de salir, mientras bromeaba con otros residentes del hotel, Ángelo dijo que ha pensado en tirarse del puente de Brooklyn si no consigue un abogado. 

Se sabe en un dilema. “Hay que tener mucho ingreso. Un abogado privado te pide 1000 dólares adelantado. Yo ya recibí la ayuda del Estado pero tengo un caso real de asilo. No puedo volver a mi país”, dijo.

Le pregunté por qué quiere asilo. “Por la dictadura,  si tú no quieres ya permanecer con ellos, quieren oprimirte”, dijo. Me pareció una línea vaga y le dije que argumentara como si yo fuera el juez. Para explicarme su estrategia legal, sacó su teléfono. Me mostró una foto de él, más delgado y con el cabello al ras, vestido de verde olivo en un cuarto con una pared color melón. Dijo que la foto es en Fuerte Tiuna, un complejo militar que es la base del ejército venezolano, y que en octubre de 2021 él entrenó dos semanas para ser parte del Batallón 608. Lo raparon, lo ficharon, le hicieron pruebas psicológicas (dibujó en un papel). “Tengo miedo de regresar como civil y que me juzguen por traición a la patria”, me dijo. Hablamos una sola vez de política: Ángelo me dijo que Hugo Chávez, al menos, sabía lo que estaba haciendo, no como sus sucesores. Pero hay razones más pragmáticas para ingresar al ejército: el salario y el acceso a programas de apoyo alimentario, como el ‘Clap’, una bolsa de víveres que los soldados reciben periódicamente.

Rodeado de personajes como Batman, Sonic, Mickey Mouse y mujeres con bikinis de body paint, Ángelo hizo estrategia para su cita en la corte de migración, en Times Square el 6 de abril de 2023. Foto: Nelson Rauda

Ángelo no lo dice con todas las letras pero una misión de la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos concluyó, en 2020, que en Fuerte Tiuna funcionaron centros de detención clandestinos del Ejército venezolano. “Tengo fotos pero hay un vídeo con lo básico, revelaciones de la Fuerza Armada”, me dijo, pero sin aclarar el enigma. “Claro, todo eso, el abogado se tiene que encargar de hacer un formato bien calidad”.

Ángelo está desempleado. “No es que yo me la quería tirar de santo. Es un tema complejo porque me puede perjudicar en un tema legal”, dijo. Aunque de vez en cuando ha trabajado por días, cuando le han dado oportunidades sin preguntarle su estatus: en Texas lavó platos, pero también ha vendido ropa usada y reciclado plásticos. Nada estable.

Mientras espera, Ángelo está en el laberinto de estos refugiados: quiere trabajar pero necesita permisos, para conseguir un permiso necesita dinero para el proceso legal y para obtener dinero necesita trabajar. 

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Estados Unidos presume de ser “un país de migrantes” pese a que diversos episodios de su historia demuestran su actitud antiinmigrante, o contraria a cierto tipo de migrantes. El mito de Ellis Island, donde llegaban los barcos europeos al principio del Siglo XX, omite la parte donde las autoridades rechazaban a algunos inmigrantes con impedimentos físicos, bajo la premisa de que eran más proclives a depender económicamente del Estado. Obtener una visa de trabajo todavía depende de una “lotería” que otorga una cantidad limitada de visas al año. La aplicación de asilo requiere la permanencia en el país, pero tampoco da permiso de trabajo. Eso sí: las autoridades han aceptado tanto la realidad del trabajo indocumentado que crearon el número de ITIN, que sirve únicamente para pagar impuestos, aunque no equivale a un permiso, visa ni da acceso a los servicios que el resto de contribuyentes goza. 

Apremiados, muchos optan por insertarse sin permiso en la economía. Fuera del hotel vi llegar personas con cascos de motos, que trabajan como deliveristas, o personas con ropas manchadas de pintura que trabajan en construcción. Otros trabajan en cocinas, lavando platos, tendiendo mesas. Usan números de Seguridad Social falsos o cobran en efectivo porque el sistema estadounidense necesita trabajadores como ellos, aunque muchos restaurantes de comida rápida prefieren no arriesgarse a inspecciones y tienen anuncios de empleo en sus ventanas que no encuentran trabajadores. La cadena de pizzas Domino’s ahora ofrece tres dólares de descuento por recoger la pizza en un local, ya que no encuentran repartidores, que prefieren trabajar con las aplicaciones como Uber Eats o Doordash, donde pueden hacer propinas y su propio horario. 

Mientras los migrantes viven de la rebusca y hacen los trabajos que los estadounidenses no quieren hacer, hay quienes obtienen grandes beneficios económicos gracias a ellos. La empresa tejana Wynne Transportation, por ejemplo, recibió 32.2 millones de dólares del gobierno de Texas por enviar a los venezolanos y refugiados de otras nacionalidades en buses a lugares como Nueva York. La cifra detalla 106 recibos entre el 21 de abril y el 1 de noviembre, que la División de Manejo de Emergencia de Texas entregó tras una solicitud de acceso a información pública (FOIA).

Wynne llevó a la práctica la operación “Lone Star” del gobernador Abbott, que en noviembre de 2022 logró una victoria electoral para seguir al frente de Texas por un tercer periodo. Su postura antiinmigrante determinó buena parte de esa campaña.

Wynne no es un negocio pequeño. Fundada en 1995, para 2017, su sede en Irving, Texas, a cinco minutos del aeropuerto internacional de Dallas-Fort Worth alojaba sus oficinas ejecutivas, una estación de mantenimiento de vehículos, car wash y parqueo para una flota de 80 vehículos. Cuando no están transportando migrantes, también atienden a equipos de fútbol americano como los Detroit Lions o a gigantes del fútbol europeo como la Juventus o el Barcelona.

Los recibos dan cuenta de 311 buses. La mitad del costo se destinó al pago de guardias de seguridad en los buses. Bedford Wynne, el presidente de la empresa, donó 2,000 dólares a la campaña presidencial de Donald Trump en octubre de 2016, según registros de la Comisión Federal de Elecciones (FEC). Pero, aparte del contrato millonario, su empresa también ha recibido beneficios con el gobierno federal, bajo control demócrata.

Wynne Transportation obtuvo 1.6 millones de dólares en préstamos gubernamentales otorgados entre febrero de 2020 y marzo de 2021. Eran parte de un programa destinado a “ayudar a negocios pequeños a mantener su fuerza de trabajo durante la pandemia de Covid-19”. Wynne no pagó esos préstamos: ambos fueron perdonados bajo las reglas de la Administración de Pequeños Negocios (SBA), ya bajo el mandato de Joe Biden.

Wynne está lejos de ser el único ganador de la crisis de refugiados. El hotel Row, en Times Square, obtuvo un contrato de $40 millones con el gobierno de la ciudad de Nueva York para convertirse en refugio, según una investigación del New York Times. Ahora mismo hay más de 50,000 personas en refugios como este. Para el 15 de marzo, el gobierno de la ciudad de Nueva York operaba 104 refugios de emergencia, 97 de ellos en hoteles. El Times calcula que el programa puede llegar a costar cuatro mil millones de dólares en los próximos dos años.

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El 12 de noviembre, Ángelo me mandó un video. Va por la calle caminando, abrigado con una chaqueta negra que parece de cuero, sosteniendo una televisión. “Es de 40, o 44 pulgadas. Ni yo me lo creo”, dijo en el video. Quizá no le alcanza para un abogado, pero su esfuerzo ya está rindiendo frutos. Envió la televisión a su familia en Venezuela. Mientras regresábamos al hotel,  Ángelo me enseñó su más reciente adquisición: una computadora portátil que acaba de comprar: la pantalla es táctil y se dobla de forma que también funciona como tableta. Dice que se la compró en 100 dólares a otro refugiado venezolano desesperado que quería dinero para ir a beber alcohol.

Parado en la esquina de la avenida Liberty y la calle Tuckerton en Queens, no cuesta entender esa desesperación. Frente al lobby, como a las cinco de la tarde, comenzó a sacarle pláticas a cada uno de los que volvía. A todos les pidió dos cosas: un cigarro y que me cuenten su historia. Para romper el hielo, les hacía bromas sobre los traumas del camino: “¿A ti te violaron en el camino o qué te pasó?…”.

Un venezolano vestido con una sudadera negra me dijo que fue hasta Nueva Jersey, a dos horas en carro, porque alguien le ofreció un trabajo de construcción. Al siguiente día, cuando preguntó por la paga, el empleador le dijo que eran tres días de prueba: o sea, trabajar dos días más sin que le pagaran. Un enjuto nicaragüense con lentes gruesos y barba de candado recordó cómo hombres armados lo pusieron en una fila en Tapachula, porque la gente del grupo no había pagado el dinero que exigían los coyotes. Dijo que cuando sus amigos le preguntan ahora por México, así sea por turismo, les da un consejo: no vayan. Otro hombre venezolano recordó su sorpresa en la selva del Darién cuando un haitiano dejó abandonada a su pareja cuando ella no pudo continuar.

En octubre, mientras reporteaba esta historia, fui a Port Authority, la parada de buses más ocupada del mundo en Times Square. Ahí terminaban los buses que llegaban de Texas. Los primeros bajo decenas de cámaras, e incluso con la visita del alcalde Eric Adams. Pero es difícil sostener la atención en una ciudad como Nueva York, con casi nueve millones de habitantes y 66 millones de turistas anualmente. Merodeando por los pasillos para encontrar a los venezolanos, llegué hasta la puerta 23, donde un empleado me dijo: “busca a la gente de las esquinas con la mirada triste. Si están sonriendo, son americanos”.

Ángelo Jiménez se sabe en un dilema: para trabajar en Estados Unidos necesita un permiso y para tramitarlo necesita dinero que no puede conseguir sin trabajar. Su primera cita de corte fue el 12 de abril de 2023. Foto: Nelson Rauda.

En el hotel Days Inn de Queens, casi todos los que entran vienen cargando miradas tristes, excepto el díscolo Ángelo, a quien le pregunto por Juan Matos, un mirada triste en común.

Juan, 28 años, es originario de Maracaibo. Vive en el mismo refugio y Ángelo me lo presentó en diciembre. Solo hablamos por teléfono, y sin conocerme, me contó su historia de vida durante una hora. Se ganaba la vida reparando computadoras, pero también reparaba aires acondicionados y trabajaba en construcción. “No tenía nada fijo. Allá uno hace marañitas, aquí marañitas allá, para tratar de hacer 20 o 25 dólares a la semana. Uno decide venirse por eso”, me dijo.

Para financiar el viaje vendió su carro, un Chevrolet de dos puertas del año 86, por 320 dólares. Logró juntar otros 40 y empezó la travesía. Cruzó el Paso del Darién en cuatro días, abordó buses en Panamá y Costa Rica, se quedó sin dinero en Nicaragua adonde había entrado en lancha, policías en Guatemala lo extorsionaron por 100 dólares para permitirle el paso, llegó a México donde soldados lo arrestaron y lo enviaron a un campamento de migrantes.  Fue liberado y le pidió prestados 200 dólares a un tío en Venezuela para llegar hasta Ciudad Juárez. En la frontera, el 5 de octubre pasado, se entregó a las autoridades para pedir asilo. Logró entrar. De Texas lo mandaron a Nueva York. Aquí resiste. 

“El maracucho está deprimido. Se enfermó y pasa encerrado viendo películas”, me dijo Ángelo, desde una esquina del hotel, donde compartía cigarros con otros tres compatriotas y se resguardaban de la persistente lluvia fría de los últimos días del invierno. En eso, Ángelo llamó a un hombre barbado, un fortachón de 1.90 que llevaba una gabardina de cuero y parecía luchador. No hablaba inglés ni español, pero ambos ya saben cómo interactuar. Le dijo “please” y el hombre sacó su teléfono y puso una aplicación que traduce lo que Ángelo habla a una lengua que suena a turco. Así estuvieron diez minutos tratando de entablar una conversación en la que cuatro personas se reían al no poder entenderse, como si fuera una escena de los tres chiflados.

Cuando se agotó el cigarro, Ángelo me habló de la soledad, quizá la única frase que me dijo sin hacer un chiste. “Vivimos en un país en que la gente tiene corazón de piedra y tiene un solo objetivo que es hacer dinero y anda como un robot”, me dijo, para luego contarme que recién llegado se hablaba a sí mismo, y que ahora ha logrado tener más control de sus emociones. Luego me confesó que también estaba preocupado por Matos: “el maracucho se puede matar”.

En el camino de vuelta, antes de tomar el tren E con dirección a Manhattan, Matos dio señales de vida, de resistencia, en un texto de Whatsapp.  “Hola. Se me pasó y se me olvidó. Disculpa”.

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